DOMINGO 6 DE SEPTIEMBRE XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO

 

Ezequiel 33-7

Salmo 94

Romanos 13,8-10

Mateo 18,15-20

 

                Este domingo, se nos invita a reflexionar sobre nuestra corresponsabilidad comunitaria. La fe, aunque sea una un asunto personal, somos personas que vivimos en sociedad y la vivimos en una comunidad. Todos somos responsables de alguna manera de la vida de cada hermano. Y de una forma más extensa, de las situaciones que se vivan en cada rincón del mundo. No podemos permanecer pasivos ante las situaciones de injusticia y sufrimiento; que unas personas, y las estructuras creadas, despojan a los más débiles de su dignidad humana.

            La lectura de Ezequiel nos expresa la voluntad del Señor. “A ti hijo de Adán , te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca , les darás la alarma de mi parte”.

            Estamos llamados a proclamar la voluntad de Dios y denunciar las injusticias directamente ante los que las cometen, y si no lo hacemos, nos hacemos corresponsables de la misma injusticia. Como siempre dividimos el mundo entre buenos y malos; nosotros nos quedamos del lado de los excelentes.

            “Ojalá escuchéis hoy su voz. No endurezcáis vuestro corazón” cantará el salmo. Porque endurecer el corazón, nos impide tener la misericordia y el amor necesario para acoger al prójimo. La relación con Dios va más allá de no hacer ciertas  cosas; sino de abrirle nuestro corazón  a Él  y al prójimo. Entendiendo esta última, como una relación entre frágiles, que pueden apoyarse el uno en el otro, para servir mejor a Dios.

            En el evangelio de Mateo, Jesús nos enseña que esta relación debe cimentarse en continuas oportunidades que nos damos unos a otros. La comunidad cristiana debe ser el espacio donde se ofrecen ocasiones para reconducir nuestra vida; y cada uno, pueda seguir los pasos marcados por Jesús.

            En este camino nos apoyamos unos a otros incluso cuando cometemos errores. La corrección fraterna es necesaria;  Jesús indica la manera  de realizarla. De una forma delicada, podemos ayudar al hermano a reconducir su  conducta o que otros reconduzcan la nuestra.

            Se impone respeto sobre la persona; para no difamarla, o exponerla a juicios públicos innecesarios, que impida su retorno al buen obrar y al calor de la comunidad. Llámalo a solas, adviértele su obrar. Si te hace caso, no hay necesidad de dar ya más publicidad, hemos recuperado a un hermano sin dañarlo y sin restringir su relación con el resto de la comunidad.

            Si no hiciera caso, gradualmente vamos dejando constancia del hecho; siempre abierto con sumo tacto, para que pueda reconsiderar su postura. Acompañado unas veces de otros y después en la comunidad.

            Es un relato de continuas oportunidades. Dios siempre nos da oportunidades, aunque la decisión última es nuestra. Así deber en la vida comunitaria. Para los que estamos en el servicio de la Caridad es una llamada de atención; debemos dar siempre oportunidades  con discreción. A nosotros, llegan personas con carencias de todo tipo: económicas, afectivas y de fe. En todas ellas, estamos llamados a abrir caminos nuevos para su progreso y sensibilizar a nuestras comunidades parroquiales, para que también lo hagan. Y  la parroquia sea de verdad un lugar de acogida.

            Somos también servidores de la esperanza; ofreciendo recursos económicos, afectivos y experiencias de fe que los motiven para confiar en Dios. Así despejen sus dudas de haber sido abandonados por  Él. Esta experiencia necesita de un diálogo confiado y de amor.

            En nuestra vida parroquial, también es necesario este clima. En la comunidad, no faltan desencuentros personales. ¿Cómo los resolvemos? Quizás, en vez de sentarnos a hablar y escuchar, lo primero que hacemos es  divulgarlo entre la comunidad buscando nuestros partidarios. Así se construyen comunidades frías, donde posiblemente se guarden las formas; pero no se comparte la vida.

            Todos somos responsables unos de otros, todos seguimos el mismo camino marcado por Jesús. Y en el camino se dialoga, se hacen paradas para descansar y hablar de las dificultades del camino. Entre todos nos animamos para no desfallecer y abandonar.

            Que no caiga en saco roto las palabras de Jesús:

“Os aseguro,…si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre del cielo…”

Antonio Carrera Sierra Dcno.

 

 Domingo 16º del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Santo Evangelio según san Mateo (13,24-43):

"Desde entonces comenzó Jesús a predicar diciendo: Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos". (Mt. 4, 17).

Este anuncio ha suscitado entusiasmo y seguimiento, pero también polémica y rechazo, por eso Mateo cree que ha llegado el momento de explicar en qué consiste aquel Reino; y a ello dedica el capítulo trece de su Evangelio. Lo hace poniendo en boca de Jesús las parábolas, relatos breves con imágenes y comparaciones tomadas de la vida diaria, que pretenden hacer pensar al que las escucha, desglosando los distintos aspectos del Reino de Dios. Lo que pretende Jesús es que nos interroguemos sobre nuestra vida, sobre cómo nos presentamos ante un Dios que ofrece su Reino, el cual tenemos que ir construyendo entre todos los que nos consideramos sus seguidores, lo cual implica la acogida y aceptación en nuestros corazones.

La parábola de la cizaña hace referencia al juicio, es decir, el momento en que las cosas serán claras, en que nuestras vidas aparecerán como quisimos escribirlas con nuestras obras. Los discípulos, y nosotros, solemos tener dificultad para comprender los mensajes más incisivos y definitivos, de ahí la petición de aclaración por parte de ellos. Al final no habrá términos medios, entrarán al Reino aquellos que dijeron sí al Señor y al prójimo, serán rechazados quienes se negaron a amar a través de obras concretas. Porque el Reino hay que ir construyéndolo ya, desde ahora, con nuestras obras.

Trigo o cizaña; no hay lugar para posiciones ambiguas ni tibias. Ante las violaciones de los derechos humanos más elementales, no es posible colocarse como un espectador. O estamos por la vida, comenzando por la de los últimos e insignificantes, o somos cómplices de la muerte.  El día del juicio ilumina nuestra existencia desde ahora. El Señor es exigente, pero también bondadoso y misericordioso, no nos apabulla con su poder. El Señor no suprime inmediatamente la cizaña, nos llama constantemente a la conversión permanente. Estamos llamados a ser trigo que da vida.

El inicio del Reino puede ser modesto como un grano de mostaza. Por eso hay que intentar que lo acoja tierra buena, lo alimente, crezca y cobre vida. Pero aparte de que nos de vida , dará vida también en nuestro entorno. El tiempo hará que las cosas maduren, pero todo habrá comenzado porque se supo ver el Reino de los Cielos y al Dios del Reino en lo que parecía insignificante en la historia humana. Tras el rostro del pobre se esconde Dios. El Reino se escapa de las manos de aquellos que sólo son sensibles a los grandes de este mundo.

El Reino es también levadura que fermenta la masa, que le da nueva vida. Lo que parecía inerte, se hace vivo, lo insípido adquiere sabor. Lo que parecía muerto se convierte en alimento, da vida. Esa transformación requiere tiempo igualmente, se hace poco a poco, en un ritmo que es necesario respetar. La vida que da la levadura está siempre ahí, dispuesta a cambiar las cosas desde la raíz, a convertir en pan que nutre lo que parecía polvo insignificante. Acoger la levadura de la Gracia del Señor en nuestras vidas, es aceptar una transformación que nos haga alimento, servicio al prójimo.

                         Santiago Olivero Palomeque. Diácono. Cazalla de la Sierra.

 

 

 

Domingo 14º del Tiempo Ordinario - Ciclo A

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,25-30):

 Reproducir comentario a cargo de nuestro Vicario D. Enrique Barrera Delgado pinchando en el siguiente enlace: Comentario

 

 

SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO    14 de Junio de 2020

"Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo"

Deuteronomio 8,2-3.14-16a

Salmo 147, 12-15. 19-20

1Corintios 10, 16-17

Juan 6, 51-58

 

            Otra celebración que vivimos este año de una manera distinta a como estamos acostumbrados. No veremos en las calles las custodias portando Nuestro Señor. Tampoco veremos las calles engalanadas para su paso. Es curioso, estamos ahora más centrados en cómo podemos salir nosotros a las actividades cotidianas y los lugares  de ocio. Haciendo un paralelismo con la situación que hemos vivido; parece que  nosotros estamos volviendo a la normalidad de nuestras vidas y a Cristo lo dejamos confinado en los sagrarios.

            Cristo se hace presente en la Eucaristía para quedarse entre nosotros. Cristo acontece y vive en cada Eucaristía a nuestro lado. El peligro está en que nosotros lo confinemos en los sagrarios haciendo de Él un sacramento cosificado. Y así, le podemos implorar y adorar, pero se nos hace imposible escuchar,  porque no le dejamos que acontezca en nuestras vidas.

            Dios busca al hombre y se hace el encontradizo con las personas. Así lo entendió, el antiguo pueblo de Israel: "no olvides al Señor. tu Dios, que te saco de la tierra de Egipto, de la casa de la esclavitud.....que te alimentó con maná que no conocían sus padres".

            Busco al hombre hasta el extremo de encarnarse y amándolo hasta el extremo morir por él. De esta manera nos enseña el camino cierta para la vida plena. En el mundo, dejo claro con su presencia, que Él no está ausente de los sufrimientos de las personas. Ni tampoco de sus miserias, para las que tiene siempre misericordia. Dejó claro lo importante que era la convivencia fraternal, lo importante que es sentarse alrededor de una mesa y compartir el pan y la vida.

            Cuando aseguramos que bajo las especies del pan y del vino tenemos la presencia real de Cristo no es un hecho desconectado de la vida de Jesús. En cada Eucaristía acontece de nuevo la vida, Pasión , Muerte y Resurrección.

"El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo?...Y el pan...¿no es comunión del cuerpo de Cristo? Nos apunta San Pablo, recordando que la comunión no es ajena a esa vida partida y donada. Nos hacemos uno comiendo todos del mismo pan, asumiendo para nosotros la vida de Cristo.

            "El que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo"... "El que como mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él".

            Nuestra misión como comunidad cristiana es, llevar  con nuestras vidas Cristo  a todas las personas. Estar en medio del mundo, como Él. Debemos mantenernos unidos, para dar un testimonio fiel de hermanos que se sientan en la misma mesa a comer.

            Como Cristo, tenemos que acontecer, ser significativos en las vidas de las personas. Él nos anima a construir comunidades acogedoras, sensibles a las necesidades y padecimientos de los más débiles, los pobres, los enfermos. Hoy tenemos que ser significativos en todos los que viven la crisis económica, el dolor de la pérdida de un ser querido.

            Comulgar hoy es asumir su persona en el interior, vaciarnos de egocentrismo para que la vida no gire en torno de mí, sino que sea yo el que sale al encuentro del hermano por las calles y las plazas; y de esta manera, convertirnos en las mejores custodias que portan a Cristo por nuestros pueblos.

Antonio Carrera Sierra Dcno.

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD. 7 de Junio.

Evangelio según san Juan (3,16-18)

 En el capítulo del Genesis cuatro veces en tres líneas dice la Palabra de Dios que el hombre es una imagen, una semejanza de Dios. Es la única imagen que ha hecho Dios. Las demás la hemos hecho nosotros y no nos consta que son muy de su agrado, sobre todo cuando lo suplanta en nuestras atenciones. Y nos viene la pregunta "Quien es ese Dios a cuya imagen estoy hecho?. Dios es Trinidad de Amor, es decir Padre, Hijo y Espíritu Santo, Tres qué se quieren tanto que son uno sólo. Mucho más que una pareja de enamorados que se funde en un solo cuerpo y alma. Cuando Jesús en el Evangelio de hoy quiere decirnos quién es Dios nos dice "Tanto amo Dios al mundo que entregó a su hijo único para que el mundo se salve por Él. Dios es Padre que nos ha creado, que nos ha dado la vida. Dios es hijo encanto y reflejo del Padre, modelo de Hijo para nosotros. Dios es Espíritu Santo comunicación del Padre y el Hijo, abrazo de Amor que une a ambos. Resumiendo la Santísima Trinidad está siempre presente. Todo lo hacemos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Un sólo Dios verdadero y tres personas distintas. Iniciamos la Santa Misa en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y al final el sacerdote o el diácono nos despide con la bendición en el nombre también de la Stma Trinidad.

 

 

DOMINGO DE PENTECOSTES                                      31 de mayo de 2019

"Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo"

Hechos de los apóstoles 2,1-11

1Corintios 12,3b-7.12-13

Juan 20,19-23

            Llevamos meses que se nos ha alterado de manera significativa la normalidad, las costumbres de movimiento y la manera habitual de  relacionarnos. También vivimos con temor, por lo que puede deparar el futuro a nivel de salud, de nuestra economía familiar  y bienestar social. Hemos vívido experiencias solidarias, de entrega y también vivimos crispaciones y discrepancias notables en la vida pública. Desde una lectura creyente de los acontecimientos que vivimos, los textos de este domingo, nos aportan luz, alegría y esperanza.

            Lucas nos sitúa la venida del Espíritu Santo en el día de Pentecostés. Pentecostés era una fiesta judía, celebrada cincuenta días después de la Pascua. Originariamente, era una fiesta agrícola, en la cual se agradecía a Dios la cosecha de la cebada y del trigo; pero, en el siglo I, se convirtió en la fiesta histórica que celebraba la alianza, la entrega de la Ley en el Sinaí y la construcción del Pueblo de Dios.

            Y de repente "un estruendo, como de viento que soplaba fuertemente" lo altera todo. "Se llenaron del Espíritu Santo" transformando sus vidas. Aquellos hombres temerosos y encerrados empezaron a manifestarse abiertamente. Los que los escuchaban quedaron asombrados. La experiencia de escuchar las grandezas de Dios, en aquella diversidad de lenguas, les dejó estupefactos. Lejos de aportar confusión, la diversidad engrandecía aun más el momento.

            Estamos acostumbrados a buscar la unidad en base a una uniformidad y el Espíritu se mueve de otra forma, reparte dones generando distintos carismas para ejercer un servicio distinto. Pero, es Dios quien se ha dado por entero en cada uno de ellos. A cada uno de nosotros, se nos dona el Espíritu para dibujar entre todos, no un pueblo monocolor, sino un arcoíris de iniciativas, formas de expresarse, testimonios concretos en situaciones vitales. Y, todos unidos por el Espíritu del Amor de Dios.

            El evangelio de Juan nos marca el camino a iniciar a partir de ahora por esta Iglesia marcada por el Espíritu y no por la ley. En primer lugar nos aporta calor y seguridad: "entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros" y al mostrarle las manos y el costado se hace evidente que el sufrimiento por la construcción del reino de Dios no es el final. Cada uno, individualmente con sus carismas y como comunidad cristiana plural recibimos el mismo Espíritu Santo para empezar de nuevo.

            Pentecostés no se limita a una transformación de la religión judía, ni una renovación del pueblo de Israel. Pentecostés nos impulsa a transformar la humanidad entera. Cada persona tiene la oportunidad de reconciliarse con el nuevo hombre y con Dios. El diferente, el que opina distinto no es un adversario. Entramos en la búsqueda apasionante de los dones que el Espíritu ha dejado en el otro.

            Ahora que empezamos a salir de nuestras casas, los cristianos debemos utilizar más que nunca el lenguaje que asombra y que todos entienden, porque llega al corazón. El lenguaje del Amor de Dios que tiene pocas palabras y muchos gestos de cariño, empatía, solidaridad, entrega y perdón.

 

Antonio Carrera Sierra Dcno.

 

 

DOMINGO DE LA ASCENSIÓN

Hechos 14-11;
Efesios 1,17-23;
Mateo 18,16-20

Las lecturas de hoy nos ofrecen el misterio de la Ascensión del Señor a los Cielos, momento del triunfal de la misión de Cristo entre los hombres, promesa del envío del Espíritu Santo e inicio de la Iglesia con una nueva presencia de Jesús a través de su Palabra, Sacramentos y su gracia.
En los Hechos de los Apóstoles además de describirnos la escena de la Ascensión, nos describe el inicio de la nueva etapa de la historia de la Salvación: “El Tiempo de la Iglesia”.
La Ascensión de Jesús nos lo arrebata para dárnoslo de otra forma. Se despide con una afirmación de su soberanía sobre el cielo y la tierra, que lo confirma como el Señor en el que podemos poner nuestro cimiento. Jesús nos envía a todos los cristianos, con la ayuda del Espíritu Santo, a ser misioneros. No podemos quedarnos ahí plantado, esperando a que Dios nos resuelva todos los problemas.
El Salmo 46 nos recuerda la misión principal de los cristianos: nuestras vidas deben ser una aclamación jubilosa de alabanza a Dios. Los que los autores posteriores han llamado: “La alegría cristiana”.
En la Carta de san Pablo a los Efesios se profundiza en las en las características del cristiano: inundado en su luz, lleno de esperanza en el corazón, poderoso con el poder de su amor por encima de todo poder mundano y miembro de su cuerpo, que es la Iglesia.
El Evangelio de este domingo es la síntesis de este nuevo estilo de vida: “Los cristiano revestidos del Espíritu Santo, hacen de su existencias un acto continuo de alabanza a Dios y ponen de manifiesto con su vidas que la Buena Nueva del Evangelio puede ser para todo el mundo”.

 

DOMINGO V DE PASCUA

Lectura del santo evangelio según san Juan (14,1-12)

Homilía a cago de nuestro Vicario D. Enrique Barrera Delgado

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DOMINGO IV DE PASCUA

Santo Evangelio según san Juan (10,1-10)

Homilía a cargo de nuestro Vicario D. Enrique Barrera Delgado

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Comentario del párroco del Divino Salvador de Castilblanco de los Arroyos

"Yo soy la puerta de las ovejas"
 
La actual crisis de la pandemia pide una reflexión filosófica que al menos ordene la comprensión ante esta "nueva normalidad" que se va imponiendo en nuestras vidas y en nuestro vocabulario. Un nuevo paisaje social, no menos incierto, en un nuevo mundo de descomunales cambios. Hay sociólogos que en tono de mayor optimismo apuntan a un nuevo orden moral preparatorio de la siguiente crisis, la ecológica.
A su vez, todo esto enlaza con el cuidado de la Casa Común que insistentemente viene proponiendo y provocando a la reflexión y a la acción el Papa Francisco. En la inmensidad vacía de la plaza de San Pedro la tarde del 27 de marzo, antes de la Bendición Urbi et Orbi, el Papa dijo a la humanidad: "nos creíamos sanos en un mundo profundamente enfermo". Esta crisis que nos ha descolocado a todos y ha puesto boca abajo también la llamada era de la globalización, apunta a un nuevo orden económico y social.
 
Y en este panorama incierto, con el temor de los primeros discípulos con las puertas y ventanas cerradas, se nos aparece el Resucitado para que seamos nosotros como su rebaño a él confiado, quienes nos desatemos de miedos y reconozcamos su voz. Nos vamos replegando, se van abriendo brechas de esperanza en la realidad sanitaria, en la recuperación de los enfermos, en el incipiente pulso a la vida en nuestras localidades. Apenas vamos siendo capaces de verbalizar experiencias que aún no hemos asimilado. Pero nos aparece la imagen del Buen Pastor. Nos acoge y nos lleva sobre sus hombros. Nos recuerda que Él es la puerta a la vida y a pastos de abundancia (alegría interior y proyectos de vida). No caminamos erráticos en este paisaje ni abandonados: tenemos un pastor que nos cuenta de uno en uno. Que nos conoce por nuestros nombres y al que le afecta -compadece- profundamente todo lo humano.
 
Tampoco su comunidad, la comunidad a él confiada, somos un gurpo impersonal de ovejas, condenadas a vivir confinadas o en solitario nuestra fe. Somos aquellos "que queremos seguir las huellas" del Pastor en los caminos de la vida.
Dejando huella en los lugares de sufrimiento y esperanza. Como bien sabemos en la piel de nuestras Cáritas, sensibles ante las oleadas de nuevos sufrimientos, también, por el paisaje humano, laboral y social post-COVID-19.
 
"Jesús vive y te quiere vivo", con este lema con el que comenzaba la Exhortación del Papa Francisco a los jóvenes, encomendamos también a nuestros jóvenes para que encuentren su "mejor yo" en la vocación. En esta JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES y el día de las VOCACIONES NATIVAS.
 
Pablo Colón Perales, Pbro.
 
Parroquia Divino Salvador
Castilblanco de los Arroyos

 

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Santo evangelio según san Juan (20,1-9)

TODO LO HAGO NUEVO

Celebramos hoy el inicio, el centro y el culmen de nuestra fe.

El inicio porque nuestro Dios es un Dios de vida y no de muerte. Porque sólo después de experimentar en sus vidas, la Resurrección de Jesucristo, esos primeros discípulos comprendieron que el Maestro que les predicaba, se había convertido en el sujeto de la predicación. Que el Amigo que compartía su pan, es ahora el SEÑOR. Que el crucificado y muerto en el árbol de la cruz, está vivo. HA RESUCITADO.

Es el centro de nuestra fe porque todo lo que creemos se sostiene en esta verdad. Porque si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe, como nos recuerda San Pablo. Porque creer, como bien nos enseña el Papa Benedicto XVI, no es fruto de una decisión humana, ni de una construcción lógica, no es producto de un deseo. Es el fruto de un encuentro personal con Jesucristo, el Resucitado.

Y es el culmen de nuestra fe porque la resurrección del Señor es la respuesta definitiva de Dios Padre a todas las preguntas del hombre. Porque es el SÍ rotundo del Padre a la oblación de su Hijo. Jesucristo ha roto las cadenas de la muerte. La esperanza humana se trasciende a sí misma. El anhelo de todo hombre de querer ser como Dios, y que fue objeto de nuestro primer pecado, nos ha sido concedido en la resurrección de Cristo. Nunca como conquista humana, pues a Dios nunca podremos ganarlo, sino como donación del mismo Dios.

Hoy celebramos el triunfo de la vida. El hombre no es un ser para la muerte o un absurdo o una pasión inútil, como muchos filósofos lo han definido. La pascua de Cristo nos reconcilia con la vida. La vida es más fuerte que la muerte.

Hoy celebramos el triunfo de la vida y de la esperanza. Cristo mismo es la garantía de esa esperanza. Su resurrección no es un hecho puntual e individual, sino que con Él hemos resucitado todos. Hemos sido llamados a participar de su VIDA NUEVA. Es la nueva recreación de la humanidad entera. Participar del gozo de Cristo resucitado y ser conscientes que esa llamada nos obliga a empezar desde ya a vivir nuestra resurrección. Contemplando el oficio que trae Jesús resucitado, que consiste en consolar a sus amigos, en hacerles partícipes de su paz.

Y celebramos, también, el triunfo del amor. Que es más fuerte que el odio y que la muerte. El amor de un Dios Padre empeñado en la salvación del hombre. Que por más pactos que el ser humano rompa con su deslealtad y su ingratitud, nos ofrece esta alianza definitiva, donde sella con la sangre de su Hijo el amor absoluto del Creador por sus criaturas.

El amor de Dios Hijo, siempre fiel a la voluntad de su Padre y que no teme anonadarse, rebajarse de su condición divina, tomar la condición de esclavo y hacerse hombre para servir de puente entre la tierra y el cielo. Para reconciliar con su Padre a toda la humanidad caída.

El triunfo del amor del Espíritu Santo. El espíritu de Jesucristo que sigue alentándonos y trasmitiendo la fuerza pascual del resucitado, que todo lo transforma, que todo lo hace nuevo. Esa fuerza creadora y vivificante que vive y actúa en medio de su Iglesia.

Frente a la tozuda realidad que nos muestra esta terrible enfermedad que estamos sufriendo. Frente al dolor que produce en tantas familias las víctimas de esta plaga. Frente al cansancio de todo el personal sanitario, que se está dejando, literalmente, la vida en esta lucha tan desigual (por la falta de materiales y de personal). Frente al miedo por la incertidumbre del futuro de tantas personas que buscan cada mañana excusas para seguir manteniendo la esperanza y la paciencia. Frente al desbordamiento de las autoridades civiles, que intentan buscar soluciones ante la magnitud de una crisis sanitaria y económica que ha hecho añicos la autocomplacencia del primer mundo y su sociedad del bienestar.

Frente a todo ello, Dios alza su voz: YO SOY LA RESURRECCIÓN Y LA VIDA. Dios nos invita a la esperanza. Jesucristo es el Señor de la VIDA.

Hoy es el día que hizo el Señor, sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Que seáis muy felices.

VIERNES SANTO

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Juan 18, 1-19, 42

La primera lectura nos presenta el abatimiento de Cristo hasta la profundidad de una humillación que no tiene nombre. La segunda lectura, exalta ese personaje humillado en la cruz hasta las alturas del cielo hecho pontífice supremo de nuestra salvación.  Y el relato de la Pasión nos dice cómo sucedió todo esto: la humillación y la exaltación.

En el Viernes Santo, se canta el triunfo de la cruz, es un canto triunfal a la bandera más gloriosa que se ha extendido en la historia: la Santa Cruz.  La Cruz significa la humillación de Cristo pero también significa la exaltación del Hijo de Dios redentor de los hombres. Por eso, si leemos atentamente el relato de la Pasión escrito por Juan parece que todo es un canto de triunfo hasta en las horas más humillantes que allí relata. Juan tiene una perspectiva de cielo, de triunfo y la proyecta sobre esa sangre y ese dolor que él va narrando pero con una visión celestial: el cordero silencioso que se humilla es el Hijo de Dios que será, y ya está desde esta misma tarde, exaltado.

La muerte de Jesús dio un nuevo sentido a la muerte, a la vida y al dolor. Pero esto no significa que tengamos que contentarnos con que la muerte de Jesús significó un cambio en la vida de la humanidad. Ese cambio debe manifestarse en nuestra existencia porque Él no aceptó su muerte con la resignación de quien se somete a un destino ineludible, sino como quien acepta una misión de Dios. Por eso su muerte condena la injusticia de los crímenes y asesinatos, pero nos pide hacer algo contra la injusticia porque no solo condena la explotación de los oprimidos, sino que nos pide mejorar su situación; la muerte de Jesús no solo es un rechazo del abandono de las muchedumbres, sino que nos exige que nos acerquemos al desvalido.

Su muerte no es solamente un recuerdo que revivimos cada año, sino una llamada a mejorar el mundo, a destruir las estructuras de pecado, a restablecer las condiciones de paz, a construir una sociedad basada en la concordia, la colaboración y la justicia.

Jesús sigue muriendo en nuestros barrios marginales, en los que mueren en las guerras, en los encarcelados, en los enfermos, en los ignorantes, en las personas víctimas de la violencia de género o familiar, en las personas que viven cualquier tipo de esclavitud, etc, etc, la lista es larga. A nosotros nos toca hacer que ese grito de desesperación  que Jesús pronunció cuando dijo: "Padre, por qué me has abandonado" se convierta en el grito de esperanza: "Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu".

Y que nos se nos olvide que el ABBA de Jesús, nuestro ABBA, es el Dios del Amor y la ternura; que todo esto no acaba en el dolor, en la muerte, sino en la Vida, en la Resurrección, tanto la de diario en la Tierra, como la de después de la muerte.  

 

 

Viernes Santo 2020.   Cazalla de la Sierra.

 

JUEVES SANTO

Jueves 9 de abril. Evangelio según san Juan (13,1-15)

Querida familia:

El pasado domingo iniciábamos nuestra semana grande, acompañando a Jesús en su entrada triunfal en Jerusalén, con cantos y vítores al Señor. Pero no de la manera habitual que solemos hacerlo cada Domingo de Ramos, sino de una manera histórica, intima, como iglesias domésticas en nuestros hogares, sumándonos a la pasión de tantos hermanos nuestros que están sufriendo en primera persona, las graves consecuencias de esta crisis sanitaria que nos tiene confinados en nuestras casas.

Hoy, Jueves Santo, el Señor Jesús nos invita a hacer memorial de su testamento de vida: conmemoraremos la Institución de la Eucaristía, sacramento de vida para los creyentes, en el que Jesús nos regala para toda la eternidad hasta que Él vuelva, el memorial de su entrega por cada uno de nosotros. Jesús se parte y se dona para que cada uno de nosotros, podamos tener Vida y vida en abundancia. Aquella pascua judía que recoge hoy la primera lectura, tomada del libro del Éxodo en el capítulo doce.

Dicho capítulo, nos adentra en la propia celebración de la pascua judía, aquella que Jesús realizó con los Doce en el Cenáculo. En la que se hacía memorial, del paso del Señor, en aquella víspera, de la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto. Todo un rito recogido en este fragmento, que nos presenta la liturgia de esta cena sagrada de los judíos. Jesús va a darle un nuevo espíritu a dicha cena, recogido en 1 Cor 11, 23-26, donde Pablo nos relata el memorial de aquella histórica cena de Jesús de Nazaret con los suyos, y la perpetuidad que ÉL quiere darle a la misma, llevando a plenitud el antiguo rito, con su sacrificio de amor.

El evangelio que nos presenta la liturgia de esta tarde, tomado de Jn 13, 1-15, nos narra uno de los grandes “signos” de Jesús recogido en el Nuevo Testamento: “el lavatorio de los pies”. Jesús se entrega por completo a los suyos, Jesús se dona, se hace “siervo” y nos invita a reproducir en nuestra vida, ese servicio al que nos llama a cada uno de nosotros. Un servicio que hemos de realizar con “humildad”, un morir a nosotros mismos, para que otros vivan por el amor incondicional de un Dios que se abaja, y que se hace “siervo” entre los siervos.

 

Este amor en clave de servicio, nos hace hoy clavar nuestra mirada, de una manera especial, en los más vulnerables, que son precisamente los favoritos del Señor. Por eso, hoy celebramos el “Día de la Caridad Fraterna”. Hemos de orar por nuestros voluntarios de Cáritas, que atienden en nuestras parroquias, a los favoritos del Señor. Ellos junto a nuestros párrocos, se arremangan cada día, para acoger, escuchar y acompañar a aquellos que llaman a nuestras puertas, pidiendo esperanza y consuelo para sus vidas. Y ellos, bebiendo de este signo que nos presentan la liturgia de hoy, se abajan y se ponen a lavarles los pies, sólo por amor a ese Dios, que se hace presente en cada uno de éstos, sus hermanos.

 

No quisiera acabar esta breve reflexión sin invitaros a tener un rato de oración por los sacerdotes. Cada Jueves Santo, conmemoramos la Institución del Ministerio Sacerdotal: Jesús quiso perpetuar su sacerdocio en nosotros, hermanos suyos, indignos y pecadores, que elegidos libremente por ÉL, portamos este Misterio de Amor en nuestra humildes y pobres manos. Sacerdotes de Dios para el mundo de hoy, que viviendo la fraternidad sacerdotal son testigos del Amor de Dios en medio de nuestro mundo. Portadores de la Palabra de Dios que alimenta nuestra alma, y aquellos que cada día nos celebran el “Memorial del Amor del Señor”, llevando a la Eucaristía, las intenciones que ponemos en sus manos.

 

Félix Alberto Mediavilla Ramos. Pbro.

Párroco de San José de San José de la Rinconada.

 

DOMINGO DE RAMOS

Domingo 5 de Abril de 2020

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo (26,14–27,66)

Homilía a cargo de nuestro Vicario D. Enrique Barrera Delgado

Reproducir homilía


 
V DOMINGO DE CUARESMA
Domingo 29 de Marzo de 2020 (Ciclo A) Evangelio según san Juan 11, 3-7.17.20-27.33b-45

Parece como si este domingo estallara inesperadamente la vida. En realidad, es solo un anticipo, ya que caminamos todavía hacia la muerte. Pero pronto la vida se anticipa como primicia y primavera con la resurrección de Lázaro. La liturgia de este domingo nos recuerda también la impresionante visión profética del campo de huesos que, traspasados por el espíritu de Yahvé, se levantan a la vida como un poderoso ejército. Es la apoteosis del poder de Dios sobre el pueblo que estaba postrado por la derrota, el sufrimiento y la muerte. <<Voy a hacer entrar el espíritu en vosotros y viviréis>>.

El hombre ha nacido para vivir, y su instinto y su talento le empuja a proteger, mejorar y prolongar la vida. Sin embargo, la muerte es una vecina insoslayable. Es el misterio de la vida y la muerte que ha inquietado a todas las culturas y religiones del mundo y que hoy es noticia en la aldea de Betania. En el relato del evangelio Jesús se autodefine como Vida, a través de un milagro-signo: La resurrección de Lázaro. Esta reanimación que opera Cristo es signo de la vida nueva en el Espíritu que se nos da en la fe y el bautismo como anticipo y garantía de nuestra resurrección final con Cristo.

Previamente a la reanimación de Lázaro y mediante la solemne formula de auto manifestación que es el “Yo soy”, Cristo se proclama resurrección y vida para todo el que cree en él. Luego añade el signo milagroso que avala tal afirmación; no si antes recibir una confesión de fe por parte de Marta, la hermana de Lázaro.

La muerte y el sepulcro de Lázaro anticiparon simbólicamente la muerte y el sepulcro de Cristo. La resurrección de Lázaro prefiguro proféticamente la resurrección de Cristo. Aquella muerte, aquel sepulcro y aquella resurrección son también un signo profético del misterio que se realiza en la celebración del bautismo: en la fuente bautismal, que es imagen sacramental del sepulcro de Cristo, los nuevos bautizados se encuentran con Cristo y son unidos a él de tal manera que, con él, hombre como nosotros, entran en la muerte al pecado, y con él, Vida y Resurrección nuestra, entran en la vida para Dios.

Mario García Lobato, párroco de la Purísima Concepción de Villaverde del Rio

 
IV DOMINGO DE CUARESMA
Domingo 22 de Marzo de 2020 (Ciclo A) Evangelio según san Juan 9, 1. 6-9. 13-17. 34-38

  

Nos adentramos en la recta final de este tiempo de cuaresma. La pascua se acerca, y sería un error dejar pasar  la oportunidad de  abrirnos a  Cristo y enfrentarnos sinceramente a nuestra verdadera identidad. Precisamente el evangelio de este domingo nos muestra a Jesús traspasando las apariencias y  llevando su mirada al interior de un hombre ciego. Y éste, experimenta la transformación de su vida. Percibe la realidad que le rodea de otra forma. Ahora ve con los ojos de aquel que se ha abierto a Cristo. No reniega de su pasado, ni de sus aciertos, ni de sus errores. “Soy yo” responde, cuando le preguntan. Su vida ha cambiado, ha adquirido la capacidad de “ver” con  la vista que le ha dado Cristo. Por eso, a sus vecinos les cuesta trabajo reconocerlo: “No es él, pero se le parece”.

Ha recobrado la visión después de seguir las instrucciones de Jesús, fue fiel, se fió de Él. Transformado da testimonio la experiencia vivida y de Jesús. “Y tú, ¿Qué dices del que te ha abierto los ojos?" le preguntan.

 "Que es un profeta", es la respuesta que da. Soporta el rechazo de la sociedad por su condición  de pecador; pero se mantiene firme y descubre la verdadera identidad de quien le ha dado la vida nueva. Sus ojos ahora ven plenamente y ve en Jesús, al Señor. Expresa su fe iluminando su verdadera condición: “Creo, Señor. Y se postró ante Él”

Cristo, no solo abre los ojos del ciego para percibir la realidad aparente a la vista, sino que, suscita la fe para que la persona descubra su relación con el Hijo de Dios.

Los acontecimientos por la pandemia del coronavirus COVID-19, nos obscurece el horizonte hasta tal punto que no vemos el final de esta situación. Para muchos, enfermos, familiares de enfermos, personas de especial riesgo también se obscurecen sus ojos y no digamos para las víctimas y sus familiares.

No podemos dejarnos llevar por el fatalismo y mirar con ojos de un ciego abrumado por el peso del pecado. Muchos verán en la epidemia, un castigo merecido por el daño infringido a la naturaleza que se revuelve contra nosotros en un ejercicio de depuración.

Necesitamos la luz de la fe en Cristo. Dejarnos recrear como personas nuevas al igual que hizo con el ciego untándole barro en los ojos. Sólo, si nos dejamos modelar de nuevo por Él, podemos descubrir al Señor en nuestras vidas. Y ver la propia naturaleza humana: frágil y vulnerable;  aunque a veces nos hayamos creído dioses todopoderosos. Aunque  seamos capaces de inventar las máquinas más sofisticadas, las construcciones mas grandiosas y desarrollar la ciencia a extremos nunca vistos. Seguimos siendo frágiles y pequeños.

Mirar con la esperanza puesta en Cristo transforma la realidad que se percibe. Lo reconocemos en los gestos sencillos y valientes que estamos viendo en estos días: la actitud de servicio de los sanitarios, los trabajadores de la limpieza o del transporte público, los basureros, los policías, los militares. Descubrimos también que las personas necesitan del vecino y comunicarse con ellos. Nos damos cuenta que la juventud es solidaria y emprende iniciativas para ayudar a los más ancianos.

Iluminados por la fe, descubrimos que Dios no nos abandona, porque Cristo está presente en cada uno de estos gestos de vida y de servicio al prójimo.

Él se hace presente siempre, aunque a veces se nos antoje ausente. Igual que en las Eucaristías que estamos celebrando con los templos cerrados. Los ciegos  sentenciarán que ya no hay misas; pero la luz de la fe nos revela que Cristo padece y muere todos los días con cada uno de los enfermos, con cada uno de los confinados  en sus casas. Nos  anima y alienta mostrándose en cada Eucaristía como Señor de la Vida y vencedor de la muerte. 

Nuestra respuesta deber ser el testimonio firme de palabra y de obra. Arrimando el hombro para salir de esta situación. Ejerciendo un  humilde servicio allí donde sea preciso y verbalizando con nuestros labios que es Cristo quien nos mantiene firmes en la esperanza. Como hizo el ciego: "Creo Señor. Y se postro ante Él".

            Antonio Carrera Sierra dcno.

 
 
 

 SALUDA DE NUESTRO VICARIO


Comenzamos una nueva andadura en nuestra vicaría Norte con la creación de este portal de noticias y de recursos   para  nuestras Cáritas parroquiales. Utilizamos este medio para poder servir mejor a las necesidades que van surgiendo cada día en nuestros equipos y también para dar a conocer las diferentes iniciativas, proyectos e informaciones que puedan ser de utilidad para todos.

     Nuestra misión como agentes de la caridad es la acoger, acompañar y trabajar desde el compromiso de la comunidad cristiana, atendiendo a estos hermanos nuestros que se encuentran en algún tipo de exclusión por la causa que sea.

     Todos los  excluidos, apartados o anulados de nuestra sociedad son nuestros verdaderos destinatarios de nuestras atenciones personalizadas y comunitarias. Son los preferidos por Jesús y por tanto también los nuestros.

 

 

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